- Una resolución publicada este jueves en el Boletín Oficial porteño endureció la restricción que se había aplicado en agosto de 2024.
- Se aplica en instituciones públicas y privadas y afecta también a los profesores.
- «Es una oportunidad que hay que aprovechar», opinan los especialistas.
Los alumnos de escuelas secundarias de la Ciudad de Buenos Aires ya no pueden utilizar teléfonos celulares dentro del aula. Así lo resolvió el Ministerio de Educación porteño, que este jueves publicó una normativa que endureció que restricción que había aplicado en agosto de 2024.
La medida se aplica en escuelas públicas y privadas y tanto para estudiantes como docentes. Ahora, además, cada colegio deberá establecer un reglamento interno en el que, entre otros puntos, tendrá que definir si se pueden usar los celulares durante los recreos.
«Según la nueva normativa, el acceso a estos dispositivos queda restringido y cualquier actividad pedagógica digital deberá realizarse exclusivamente con equipos de la institución y bajo supervisión docente«, detalla un comunicado emitido esta tarde por el Gobierno de Jorge Macri.
En el caso de los docentes, la resolución establece que «podrán utilizar sus teléfonos celulares inteligentes u otros dispositivos personales dentro del establecimiento educativo cuando no se encuentren en tareas de enseñanza y aprendizaje frente a estudiantes«.
En la práctica, muchos colegios ya habían empezado a aplicar esta restricción total la semana pasada con el comienzo del ciclo lectivo 2026. En muchos casos, instauraron un sistema por el cual los alumnos que lleven sus teléfonos deben dejarlos en una caja al ingresar a la institución.
Estudiantes y docentes en el patio de la escuela bilingüe Argentino-China. Foto: Luciano Thieberger.
En los niveles iniciales y primarios ya estaba prohibido el uso de celulares y otros dispositivos digitales durante toda la jornada, incluido los momentos de recreación, el comedor y otros espacios.
Ahora la nueva resolución suma la prohibición del uso de celulares inteligentes y dispositivos digitales personales durante el dictado de clases en el nivel secundario. A diferencia de los otros niveles, cada escuela deberá definir pautas institucionales para los recreos, promoviendo propuestas activas, deportivas y artísticas.
Las únicas excepciones a esta normativa son los casos de discapacidad, enfermedad o necesidades específicas de apoyo.
La nueva medida parte de un diagnóstico que el gobierno porteño calificó de «contundente». Entre los datos publicados figura que el 94% de estudiantes en nivel secundario lleva el celular todos los días a la escuela. También que 5 de cada 10 estudiantes manifiestan que «quieren dejar de usar el celular y no pueden», a la vez que se observó que la distracción digital «está asociada negativamente con el desempeño escolar». «El uso predominante es para entretenimiento y redes sociales, no para tareas escolares», describió el comunicado.
Voces de especialistas
«Hace más de treinta años que se está discutiendo la prohibición del celular en la escuela secundaria. Ocurría que en la década del ’90 se trataba sólo de un aparato que funcionaba como un teléfono, hoy son mucho más potentes, ya que cuentan con redes sociales, cámara de fotos, internet, inteligencia artificial, generando una adicción insoportable y una casi nula concentración en el aula», repasa Isabelino Siede, doctor en Educación de la Universidad Nacional de La Plata.
«Las escuelas, de manera individual, venían discutiendo el tema pero solían tener dificultades a la hora de tomar decisiones. Es importante que un ente superior haya bajado esa línea, porque los celulares son un problema serio en la sociedad, ni hablar en la escuela. No veo que se tome a los alumnos secundarios como chivos expiatorios, porque los estudiantes traen esa conducta desde sus casas, viendo a sus padres todo el tiempo con el teléfono, pero había que tomar medidas y empezar por un espacio como el educativo», afirma Siede, también docente.
El especialista está de acuerdo con la medida del Ministerio de Educación porteño «porque la escuela es un lugar que debe tener dos prioridades exclusivas: el encuentro cara a cara para construir relaciones y el espacio para analizar, leer y comprender textos, resolver problemas matemáticos. Esto es una urgencia suficientemente importante como para suspender otras urgencias derivadas del teléfono». Sin embargo, Siede hace una llamada de atención: «La prohibición nunca es buena porque hace todavía más atractivo lo que se prohíbe, por eso soy parte de que se llegue a un consenso y que haya un debate entre la escuela, los alumnos y sus familias».
Sobre qué impacto tendrá, Siede no lo duda: «muy grande». ¿Por qué? «Porque los estudiantes se verán ante un desafío inesperado: verse las caras, dialogar, construir un vínculo y convivir, algo que no será nada sencillo, porque no hay registro del otro. Cada uno está enfrascado en su pantallita, con sus gustos, con su TikTok, con sus subjetividades y de pronto ese espacio se le va a cortar».
«Un enemigo menos en el aula», ironiza Fabio Tarasow, coordinador académico del Proyecto Educación y nuevas tecnologías de FLACSO. «¿Si le tengo fe a la medida? Bueno, dependerá de cada establecimiento. Desde ya te digo que no será una tarea sencilla, habrá escuelas donde funcionará mejor, y otras en las que surgirán asperezas, dependerá del contexto y la variación social».
La ministra de Educación porteña, Mercedes Miguel, durante una visita a la nueva escuela del barrio Estación Buenos Aires. Foto: Guillermo Rodríguez Adami
Tarasow, como padre de alumnos en edad de escuela secundaria. entiende que «el celular no debe estar en el aula porque chupa mucha atención, está diseñado para eso, para atrapar, hipnotizar y para desatender el resto… El resto, en este caso, es el docente, que siente impotencia a la hora de competir con el teléfono. ¿Cómo hace? No tiene ninguna chance».
Descarnado a la hora de graficarlo, el especialista educativo dice que «el celular es como el porno, perdón por la imagen, pero es la satisfacción permanente de ver cositas, generando una adicción incontrolable. En ese contexto, ¿cómo se hace para aprender? Aprender en el aula es un trabajo arduo que necesita el ciento por ciento de concentración. Ahora bien, ¿prohibirlo soluciona el problema? No, es esencial construir consensos y enseñarle al alumno a medirse y autoregularse en el uso del aparato».
Cree Tarasow que sería importante «que la escuela fuera el lugar donde se aborde esa enseñanza de cómo utilizar el teléfono y convivir con las tecnologías. Es importante que se eduque y haya una educación crítico constructiva con el celular. No pretendo recargar a la escuela, pero si no es allí, ¿dónde? Allí podría enseñarse sobre ciudadanía digital y sus reglas y normas para comprender cómo funciona el entorno digital y al Inteligencia Artificial».
Concluye Tarasow que «no se puede desaprovechar esta oportunidad que surge a partir de una prohibición. Pero es el punto de partido, una bisagra para reformular un marco de convivencia en el aula. Habrá que hablar mucho, ponerse de acuerdo, generar relaciones entre alumnos y alumno-docente y empezaremos de a poco con esta transición. No será inmediata, al principio habrá grises porque la construcción llevará un tiempo».
Fuente Clarin

