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No
hay duda que el hombre de campo, y en especial los mayores, son supersticiosos
y crédulos de cosas que se pueden hacer o dejar de hacerlas, para
que cambie la suerte o para que ocurran ciertas cosas. Es bastante común
al recorrer los caminos de nuestra patria, encontrar estacas clavadas
con una cabeza de una yegua (el cráneo) en lo alto de la misma.
También se suelen ver estas cabezas puestas en los palos de los
alambrados. Con esto, se intenta espantar a las plagas de las sementeras
de los campos. Otro claro ejemplo es cuando se quiere modificar el recorrido
de una tormenta brava -que anticipa mucha lluvia, viento y granizo-, se
clava un facón en el suelo y se hace una cruz con sal, en algún
lugar donde nadie pise. De esta forma, se logra que la tormenta no pase
por donde hicimos este ritual. Otro método es parar un cuchillo
con el canto hacia abajo y el filo hacia arriba, dirigiendo la punta hacia
el lado de la tormenta. Se dice que de esta forma, se "corta"
la tormenta.
Cuando había carreras cuadreras era muy común, que los dueños
de los parejeros -caballos que corren cuadreras- atarán a un sapo
sus patas -maneaban- con una cerda de la cola del caballo contrincante.
De esta forma, se garantizaba que ese caballo no ganaría, siendo
así el de él, el equino ganador. Lamentablemente, para que
esta práctica diera resultado, había que enterrar vivo al
"pobre" sapo maneado, cerca del lugar de la carrera.
Cuando el paisano tenía algún enfermo en su rancho, si pasaba
una lechuza y dejaba sentir su graznido o se paraba en la cumbrera, era
vaticinio de que algo malo iba a ocurrir. Presagiaba ¡desgracia!.
Por eso, las lechuzas siempre fueron perseguidas, porque se entendía
que si se las mataba, se evitaban los males.
También se creía que si el gallo cantaba a la mañana
en la puerta del rancho, presagiaba la visita de la parca -la muerte-
a la casa.
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