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Especias
Sustancias vegetales con usos muy diversos, tales como conservantes y
colorantes y aromatizantes de los alimentos, algunas con capacidad de
excitar fuertemente el paladar, que hacen que la cocina de cada cultura
y civilización posea un toque particular que la caracteriza.
De
raíces o rizomas: cúrcuma, galanga, jengibre, regaliz
De
hojas y tallos: albahaca, cilantro, curry, estragón, laurel,
melisa, mejorana, menta, hierbabuena, orégano, perejil, salvia,
tomillo, romero
De
cortezas: casia, canela
De
flores o yemas: azafrán, alcaparra, clavo
De
frutos y semillas: alcaravea, ajowan, anís estrellado, apio,
cardamomo, cidro, comino, cubeba, chiles malagueta, cayena (semilla del
guindillo de indias), fagara o pimienta de sichuán, granos del
paraíso (semilla del amomo), hinojo, mostaza, nuez, paprika, pimienta,
pimiento, vainilla
Etimológicamente,
la raíz latina species servía para designar cualquier cosa
unitaria de la que se estuviese hablando, resaltando aquellas especiales
características que la hacían única. Poco a poco,
el término acabó significando "bienes" o, más
concretamente, "mercancías", en especial aquellas procedentes
de países lejanos y que eran, en sí, pequeños brotes,
raíces, semillas o bayas que, usadas en dosis limitadas, servían
para aderezar los guisos imprimiéndoles un sabor y aroma "especial".
Dicho aroma y sabor se deben al llamado aceite esencial, obtenido mediante
la destilación de los componentes aromáticos de la planta
o de la parte de ella que contenga la esencia.
El
uso histórico de las especias
Desde el principio de los tiempos, las especias quedaron convertidas en
uno de los productos más caros y valiosos de la economía
de cualquier individuo o sociedad, puesto que es obligatorio recordar
que, desde pasadas épocas, las especies no sólo tenían
valor como condimento sino también como medicinas y perfumes, sin
olvidar el importantísimo papel que algunas de ellas (como la sal)
prestaban a la hora de las conservas alimenticias.
El
Dioscórides
Una de las fuentes más importantes para el estudio de la evolución
en el uso de las especies lo constituyen los pequeños libros en
los que los amantes de las plantas anotaban cuidadosamente todas aquellas
observaciones que les parecían útiles.
Naturalmente, se trata de los famosos Herbarios, el primero de los cuales
(y también el más renombrado de todos ellos) es el Dioscórides.
Ese es el nombre del autor del libro De Materia Medica, aunque se le conoce
mucho más por el propio nombre del médico que fue presentando
todas las pequeñas cuestiones sobre las especias. Fechado aproximadamente
en el siglo I, en él se pueden encontrar datos precisos acerca
de la utilización que griegos y romanos hacían de varias
especias; entre ellas destacan las descubiertas por los griegos (como
el jengibre y la pimienta) o las que eran cultivadas de manera autóctona
por casi toda la población en general: tomillo, mejorana, anís,
cilantro o azafrán, entre otras. Además de quedar establecido
cómo en época tan temprana como el
siglo I ya se utilizaban las especias en la cocina, en el Dioscórides
quedó también ampliamente explicado el uso de algunas, especialmente
el tomillo, con el fin de perfumar los espacios cerrados y húmedos.
La
Edad Media
El otro gran pueblo mediterráneo que destacó por su conocimiento
y utilización de las especias fue el islámico. Toda la proverbial
riqueza cultural de los califas encontraba también su justa medida
en la gastronomía; en efecto, los guisos árabes a base de
pimienta, azafrán, nuez moscada, galanga o clavo contribuyeron
también, mediante los nombrados y famosos banquetes, a formar la
concepción idílica que hoy día existe acerca de los
suntuosos palacios califales. Debido al contacto con la cristiandad latina
a raíz de las Cruzadas, y también motivado por el auge comercial
de la Edad Media, las especias comenzaron a dejar de ser un manjar únicamente
al alcance de los bolsillos más pudientes para figurar, en especial
entre los siglos XII y XIV, utilizados comúnmente en las cocinas
de cualquier habitante de los burgos medievales. Especial importancia
en esta época tuvo la conservación alimenticia a base de
salar los futuros manjares; el elemento más utilizado para dicha
labor fue, obviamente, la sal, pero cuando los conserveros querían
dar un determinado sabor a los productos elegían pimienta, jengibre
o azafrán. De hecho, las primeras salsas de la historia de la alimentación
surgen en el periodo medieval, como es el caso de la carmelina (a base
de pimienta, canela, clavo, granos del paraíso y macis) o el especial
sabor de la carne mediante la mezcla de azúcar y vinagre.
El descubrimiento del Nuevo Mundo
Como es natural, una vez finalizada la crisis demográfica producida
en el siglo XIV por la Peste Negra, el camino de las especias siguió
por los parámetros previstos. Es decir, a lo largo de toda la Edad
Moderna, el consumo de especias fue convirtiéndose en algo habitual
para todas las casas europeas, que presentaron, con respecto a las épocas
anteriores, un original uso de los condimentos: su utilización
en postres y dulces. Efectivamente, ya en época tan temprana como
el siglo XVI las natillas se tomaban con canela y los bizcochos se horneaban
con azafrán o clavo, labor de repostería en la que sobresalió
la cocina de los Países Bajos. Además de todo esto, hay
que tener en cuenta que el descubrimiento de América provocó
no sólo la salida de productos europeos hacia el Nuevo Mundo, sino
también la llegada de plantas aromáticas hasta entonces
desconocidas con las que realizar nuevas mezclas culinarias. De entre
todas ellas, hay que mencionar especialmente la estrella de los postres
en los siglos XVII y XVIII: la vainilla.
Los
tiempos modernos
Desde aquel momento, el comercio y uso de las especias creció considerablemente,
tanto que, en la práctica, no existen grandes diferencias desde
el siglo XVIII hasta nuestros días.
Muy pronto comenzaron a envasarse para su venta y a conocer una considerable
distribución, puesto que eran (y son) utilizadas para aderezar
cualquier tipo de guisos. Por si ello fuese poco, el negocio era tan próspero
que sus protagonistas no tardaron apenas en darse cuenta de que la variedad
de sabores podía proporcionar unos ingresos de mayor consideración,
a la vez que una revolución culinaria. De este modo, entre los
siglos XVIII y XIX los comerciantes de especias empezaron a elaborar sus
propias salsas, mezclando varias especias hasta conseguir un sabor más
preciado. De esta época surgen varios nombres de inventores de
salsas que se reconocen enseguida por tratarse de marcas comerciales que,
hoy día, siguen elaborando salsas. Así pues, Lazenby, Harvey
(la exquisita salsa de anchoas), Heinz o Hellmans, recuerdan que los sabores
del pasado no están tan lejanos; de entre todos ellos destaca la
figura de un banquero aficionado al arte culinario, Edward McIlhenny,
creador de la que quizá sea la salsa especiada más famosa
del mundo: la salsa Tabasco.
El
comercio de las especias
Tan prolífica utilización de las especias ha deparado que,
a lo largo de la Historia, el comercio de tan preciado producto haya sido
uno de las más afanosas tareas de todas las sociedades y, de manera
especial, de las que poblaron el mar Mediterráneo desde los tiempos
más lejanos. Los primeros en buscar una ruta hacia Oriente fueron
los egipcios, entre cuyas especias más perseguidas se encontraban
la alcaravea, el sésamo, el azafrán y la mostaza, además
de otras utilizadas en ritos religiosos como el incienso y la mirra.
Muchas de las especias aparecen citadas en la Biblia como objetos tan
preciados que se incluían en el envío de presentes que los
reyes se hacían entre ellos o que se establecían como tributos
a los perdedores de las guerras.
Fenicios
y griegos
El primer gran pueblo de la Antigüedad en establecer un auténtico
mercado de especias fue el fenicio. Una de las ciudades más importantes
de su imperio, Tiro, quedó convertida en el centro del comercio
de las especias en el Mediterráneo, y hacia dicha ciudad se dirigían
mercaderes de todos los puntos del mundo conocido para hacerse con tan
importante mercancía. También fueron los fenicios los que
establecieron la que iba a ser la gran Ruta de las Especias hasta la Edad
Media: el lejano recorrido desde la costa mediterránea hasta la
India se hacía por dos vías, bien rodeando la península
de Arabia por el Mar Rojo o bien a través de Antioquía para
llegar a Babilonia y, una vez allí, seguir el curso de los ríos
Tigris o Éufrates. Cualquiera de los dos caminos trazados finalizaba
en el golfo Pérsico, desde donde se embarcaban los convoyes hasta
la costa Malabar.
El monopolio de los fenicios disfrutaba, además, de una curiosa
característica: eran los únicos que sabían de dónde
procedían las especias, secreto que procuraban guardar celosamente
ante las preguntas del resto de mercaderes. Sin embargo, no pudieron evitar
que Alejandro Magno se hiciese con las riendas del mercado de especias
cuando conquistó su imperio, hacia el siglo IV a.C. Precisamente,
la fundación de la ciudad dedicada al emperador, Alejandría
(322 a.C.), desplazó a Tiro como centro comercial del Mediterráneo.
El esplendoroso imperio alejandrino tuvo una de sus bases económicas
en el próspero comercio de las especias arrebatado a los fenicios.
Romanos
y bizantinos
La herencia helena fue recogida de inmediato por los romanos, que fueron
los primeros en navegar directamente hasta las islas Molucas desde Egipto,
para lo cual utilizaron la energía natural que les proporcionaban
los vientos monzónicos. De esta manera, las largas, costosas y
peligrosas rutas terrestres fueron desechadas en beneficio de una ruta
anual marítima que partía en abril (aprovechando los monzones
del sudoeste) y regresaba en octubre (aprovechando los monzones del nordeste),
convoy que surtía a Roma de especias que no sólo eran utilizadas
en la cocina (casia, comino, jengibre, cúrcuma y pimienta, principalmente),
sino para toda clase de afeites, cosméticos y perfumes de los que
los habitantes del imperio del Tíber eran consumidores abyectos.
Un tratado de recetas redactado e ilustrado por un tal Apicius (ca. I
d.C.) es la principal fuente donde se describen los usos, culinarios,
cosméticos y medicinales de las especias preferidas por los romanos.
En época romana también se utilizó la Ruta de la
Seda como camino terrestre para proveer a las provincias de especias.
Hasta llegar a la ciudad de Xian, centro de todo el comercio chino, había
que cruzar el Nilo y pasar a territorio persa, desde donde se bordeaba
el Himalaya hasta llegar al Oeste. El camino de vuelta podía hacerse
también desde el norte del Imperio Bizantino, cruzando el mar Caspio
y el mar de Aral hasta llegar al mar Negro.
Dependiendo de la época del año en la que se iniciaba el
retorno de los convoyes se utilizaba una u otra, siendo la segunda de
ellas preferida por los mercaderes que partían hacia Occidente
en invierno por un motivo muy claro: evitar las bajísimas temperaturas
de la cordillera del Himalaya en su recorrido.
Cuando los límites del imperio romano se vieron desbordados por
las oleadas migratorias de pueblos germánicos, el comercio de las
especias halló en la capital del Imperio de Oriente, Constantinopla,
el relevo más adecuado para la ciudad del Tíber. Los bizantinos
cambiaban oro, plata y piedras preciosas por especias, ayudados por la
mayor cercanía de sus territorios a las rutas de las especias y
de la seda. Debido a ello, el floreciente comercio oriental hizo que las
especias apenas llegasen a Europa, aunque dos de ellas hicieran su primera
aparición en el mercado y que rápidamente se convirtieron
en las preferidas de la población constantinopolitana: el clavo
y la nuez moscada, ambas de procedencia indonesia y que eran ofrecidas
por mercaderes hindúes a precios elevados.
Las
especias en la Edad Media
El comercio de las especias tuvo en la Alta Edad Media un gran declive
debido a la expansión del Islam por el Próximo Oriente,
especialmente tras la conquista de Alejandría en el año
641. Ello motivó la ausencia de contactos comerciales entre Occidente
y China, ya que ambos eran celosamente vigilados por el Islam; las pocas
especias que llegaban eran vendidas a precios desorbitados y, naturalmente,
sólo lo más pudientes podían permitírselo.
Sin embargo, contar con especias era ya una costumbre habitual en las
despensas de cualquier habitante del Viejo Continente, lo que llevó
a los occidentales a aguzar el ingenio y buscar una solución: el
cultivo de ellas en sus propios territorios. En este sentido, hay que
destacar la labor llevada a cabo por los jardines monacales donde, en
primer lugar para fines medicinales, no cesaron de cultivar especias para
proveer los mercados urbanos de su preciado condimento. Entre los muchos
monasterios que promocionaron los cultivos cabe citar a los franceses
de Saint Gall y Saint Germain-des-Près, así como al británico
de Norwich.
Pese
al dominio musulmán en el Mediterráneo, lo cierto es que
a partir del inicio de las Cruzadas (1096) el comercio con los mahometanos
se recuperó de nuevo. Para ello, Occidente contó con el
desarrollo del mercantilismo en las poderosas ciudades-estado italianas,
que pronto contaron con un gran número de buques y un no menos
numeroso elenco de comerciantes dispuestos a entablar tratos con los mercaderes
islámicos en cualquier negocio provechoso. Así pues, tanto
Venecia como Génova (principalmente), se vieron envueltas en una
espectacular carrera comercial en pos de asegurarse privilegios y monopolios
en el comercio de las especias, que seguía siendo uno de los negocios
más sustanciosos con los árabes. A cambio de lanas, metales,
madera y manufacturas textiles, genoveses y venecianos lograron que aflorase
de nuevo a Europa la pimienta, la nuez moscada, el cardamomo, la canela
y el azafrán, extendiendo de nuevo el mercado a toda clase de habitante
continental. Pese a la lentitud de los convoyes y a las costosas y peligrosas
negociaciones que el comercio de las especias incluía, lo cierto
es que gran parte de la prosperidad de las ciudades italianas encontró
su apoyo en las ganancias de las queridas especias.
Aproximadamente
en el siglo XIV el uso de los condimentos estaba ya extendido por cualquier
rincón de Occidente. Además de las proporcionadas por el
comercio con Oriente, las especias más cultivadas eran el comino,
el hinojo, la menta, la salvia, el cilantro, el ajo, el eneldo y la adormidera,
con especial mención a los preferidos de los europeos: clavo, macis,
azafrán y pimienta. El hallazgo de las cuentas de la citada abadía
de Norwich ha permitido saber que, entre 1346 y 1350, estas últimas
especias eran utilizadas, debido a su gran valor, como mercancía
de pago en los diezmos eclesiásticos, hecho que fue imitado en
un gran número de lugares de todo el continente.
Las
nuevas rutas comerciales de la Edad Moderna
La importancia que para las economías europeas tenía el
comercio con Oriente, en general y de las especias en particular, motivó
que tras la toma de Constantinopla por los belicosos turcos (1453), los
países más desarrollados en cuanto a navegación se
refiere (España, Portugal u Holanda) se lanzasen a una frenética
carrera en pos de hallar una ruta comercial con Oriente que no tuviese
que pasar por el mar Mediterráneo, controlado por los turcos e
infestado de piratas de todo tipo de procedencias.
Portugal
pareció tomar rápida ventaja debido, entre otras cosas,
a la excelente política llevada a cabo por Enrique el Navegante
quien, hacia la mitad del siglo XV, intentó bordear toda la costa
del continente africano en busca de la ansiada ruta. Pese a que el objetivo
final no pudo ser conseguido, los portugueses obtuvieron a cambio el descubrimiento
de varias especias originarias de África tropical, con las que
pudieron aumentar el nivel económico de sus mercaderes y financiar
nuevas expediciones. En una de ellas, dirigida por el extraordinario marino
Vasco da Gama, se pudo finalmente conseguir el anhelado deseo de Enrique
el Navegante: tras la conquista de Brasil, las naves portuguesas pasaron
a retomar el camino de éste y, tras largos meses de travesía,
avistar las costas de Calcuta (India) en el año 1498. Cuando Vasco
da Gama regresó a Portugal lo hizo con un cargamento importante
de especias y con algo mucho más importante: varios acuerdos firmados
con las autoridades nativas mediante las cuales el reino luso se aseguraba
el monopolio en el comercio de especias durante un largo período
de tiempo. Ello provocó lo más parecido a una revolución
de precios que se pudo dar en la Edad Moderna, puesto que la ruptura provocada
en los inmovilistas precios venecianos sufrió una abrupta fluctuación
debido a la entrada en los mercados europeos de especias procedentes del
Lisboa, que quedó convertida, hacia el año 1506, en la capital
europea del comercio internacional de especias.
Las
especias en América
Mientras Vasco da Gama abrió el camino por Oriente, el absoluto
monopolio español del comercio atlántico posibilitó
la entrada en Europa de varias especias de origen americano.
Entre ellas, la más popular fue la pimienta inglesa, de la que
hacia el año 1519 se consumían ingentes cantidades en el
Viejo Continente. Cuando Hernán Cortés conquistó
México trajo también una de las grandes especias de la Edad
Moderna, como fue la vainilla.
A la vez, los españoles llevaron a América varias raíces
para plantarlas en los fértiles suelos del Nuevo Continente. Aunque
la mayoría de intercambios agrícolas entre España
y América fueron tubérculos o pimientos, también
las especias formaron parte de la mezcla entre ambos mundos.
El descubrimiento de la Isla de las Especias
Los marinos portugueses habían establecido prósperas colonias
en las islas del Índico, especialmente en aquellas que les ofrecían
bosques de canela, como Ceilán y Goa. La expansión continuó
por las islas del archipiélago malayo, muy cerca del mítico
emplazamiento de la Isla de las Especias. Este lugar no era otro que las
actuales islas Molucas, el secreto que guardaban tan celosamente todos
aquellos pueblos que se habían dedicado al comercio de tan preciada
sustancia durante siglos. En aquella época, en pleno auge de los
transportes y comunicaciones marítimas, el secreto quedaba por
fin desvelado.
Sin
embargo, las Molucas iban a ser muy pronto el punto de fricción
entre las dos potencias europeas más avezadas en cuestiones náuticas,
especialmente cuando la flota de Magallanes y Elcano, siguiendo su particular
empresa de realizar la vuelta al mundo, llegaron a aguas del Índico
tras haber doblado Sudamérica y cruzado el Pacífico.
Aproximadamente desde el año 1522, las luchas entre las coronas
ibéricas por establecer acuerdos de explotación con las
poblaciones indígenas acabó derivando en violentos enfrentamientos
armados, a los que sólo la unión de ambas coronas en la
cabeza del monarca español Felipe II (1582) puso un freno momentáneo.
Cabe
decir que los intercambios entre los productos indígenas, de gran
valor en los mercados europeos, suponían una gran ganancia para
los mercaderes, puesto que se efectuaba mediante trueques en los que la
correspondencia de estos eran, mayoritariamente, manufacturas de escaso
valor. Debido a ello, y en especial tras la unión de Felipe II,
la corona intentó establecer una política de tipo intervencionista
en el comercio de las especias, hecho que provocó violentas repulsas
de los gremios de la mar.
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