René
Gerónimo Favaloro nació el 14 de julio de 1923 en
una casa humilde del barrio "El Mondongo" de La Plata.
A tan sólo una cuadra se levantaba el Hospital Policlínico
como presagio de un destino que no se hizo esperar. Con apenas cuatro
años de edad, Favaloro comenzó a manifestar su deseo
de ser "doctor".
Quizás la razón se debía a que de vez en cuando
pasaba unos días en la casa de su tío médico,
con quien tuvo oportunidad de conocer de cerca el trabajo en el
consultorio y en las visitas domiciliarias o quizás se debía
a que simplemente tenía una vocación de servicio,
propia de la profesión médica.
Pero la esencia de su espíritu iba más allá
de su vocación y era mucho más profunda: calaba en
los valores que le fueron inculcando en su casa y en las instituciones
donde estudió. Sobre esa base edificó su existencia.
Cursó la primaria en una modesta escuela de su barrio, donde,
con pocos recursos, se fomentaba el aprendizaje a través
de la participación, el deber y la disciplina. Las tardes
las pasaba en el taller de carpintería de su padre ebanista,
quien le enseñó los secretos del oficio. En los veranos
se transformaba en un obrero más. Gracias a sus padres -su
madre era una habilidosa modista- aprendió a valorar el trabajo
y el esfuerzo.
Su abuela materna le transmitió su amor por la tierra y la
emoción al ver cuando las semillas comenzaban a dar sus frutos.
A ella le dedicaría su tesis del doctorado: "A mi abuela
Cesárea, que me enseñó a ver belleza hasta
en una pobre rama seca".
En 1936, después de un riguroso examen, Favaloro entró
al Colegio Nacional de La Plata. Allí, docentes como Ezequiel
Martínez Estrada y Pedro Henríquez Ureña le
infundieron principios sólidos de profunda base humanística.
Más allá de los conocimientos que adquirió,
incorporó y afianzó ideales como libertad, justicia,
ética, respeto, búsqueda de la verdad y participación
social, que había que alcanzar con pasión, esfuerzo
y sacrificio.
Al finalizar la escuela secundaria ingresó en la Facultad
de Ciencias Médicas de la Universidad Nacional de La Plata.
En el tercer año comenzó las concurrencias al Hospital
Policlínico y con ellas se acrecentó su vocación
al tomar contacto por primera vez con los pacientes. Nunca se limitaba
a cumplir con lo requerido por el programa, ya que, por las tardes,
volvía para ver la evolución de los pacientes y conversar
con ellos.
Mientras cursaba las materias correspondientes a su año,
se entremezclaba con los alumnos de sexto año de las cátedras
de Rodolfo Rossi o Egidio Mazzei, ambos titulares de Clínica
Médica. También se escapaba a presenciar las operaciones
de los profesores José María Mainetti, de quien captó
su espíritu renovador, y Federico E.B. Christmann, de quien
aprendió la simplificación y estandarización
que aplicaría después a la cirugía cardiovascular,
quizás la mayor contribución de Favaloro a las operaciones
sobre el corazón y los grandes vasos. Sería Christmann
quien diría, no sin razón, que para ser un buen cirujano
había que ser un buen carpintero.
El hecho fundamental de su preparación profesional fue el
practicantado (actual residencia) en el Hospital Policlínico,
centro médico de una amplia zona de influencia. Allí
se recibían los casos complicados de casi toda la provincia
de Buenos Aires. En los dos años en que prácticamente
vivió en el Hospital, Favaloro obtuvo un panorama general
de todas las patologías y los tratamientos pero, sobre todo,
aprendió a respetar a los enfermos, la mayoría de
condición humilde. Como no quería desaprovechar la
experiencia, con frecuencia permanecía en actividad durante
48 o 72 horas seguidas.
Todo hacía suponer que su futuro estaba allí, en el
Hospital Policlínico, siguiendo los pasos de sus maestros.
Casualmente, en 1949, apenas recibido, se produjo una vacante para
médico auxiliar. Accedió al puesto en carácter
interino y a los pocos meses lo llamaron para confirmarlo. Le pidieron
que completara una tarjeta con sus datos; pero en el último
renglón debía afirmar que aceptaba la doctrina del
gobierno. El destino se ensañaba de manera incomprensible.
Sus calificaciones eran mérito más que suficiente
para obtener el puesto. Sin embargo, ese requisito resultaba humillante
para alguien que, como él, había formado parte de
movimientos universitarios que luchaban por mantener en nuestro
país una línea democrática, de libertad y justicia,
razón por la cual incluso había tenido que soportar
la cárcel en alguna oportunidad. Poner la firma en esa tarjeta
significaba traicionar todos sus principios. Contestó que
lo pensaría, pero en realidad sabía con claridad cuál
iba a ser la respuesta.
Por ese entonces llegó una carta de un tío de Jacinto
Aráuz, un pequeño pueblo de 3.500 habitantes en la
zona desértica de La Pampa. Explicaba que el único
médico que atendía la población, el doctor
Dardo Rachou Vega, estaba enfermo y necesitaba viajar a Buenos Aires
para su tratamiento. Le pedía a su sobrino René que
lo reemplazara aunque más no fuera por dos o tres meses.
La decisión no fue fácil. Pero al final Favaloro llegó
a la conclusión de que unos pocos meses transcurren rápidamente
y que, mientras tanto, era posible que cambiara la situación
política.
Llegó a Jacinto Aráuz en mayo de 1950 y rápidamente
trabó amistad con el doctor Rachou. Su enfermedad resultó
ser un cáncer de pulmón. Falleció unos meses
más tarde. Para ese entonces Favaloro ya se había
compenetrado con las alegrías y sufrimientos de esa región
apartada, donde la mayoría se dedicaba a las tareas rurales.
La vida de los pobladores era muy dura. Los caminos eran intransitables
los días de lluvia; el calor, el viento y la arenisca eran
insoportables en verano y el frío de las noches de invierno
no perdonaba ni al cuerpo más resistente. Favaloro comenzó
a interesarse por cada uno de sus pacientes, en los que procuraba
ver su alma. De esa forma pudo llegar a conocer la causa profunda
de sus padecimientos.
Al poco tiempo se sumó a la clínica su hermano, Juan
José, médico también. Se integró muy
pronto a la comunidad por su carácter afable, su gran capacidad
de trabajo y dedicación a sus pacientes. Juntos pudieron
compartir la labor e intercambiar opiniones sobre los casos más
complicados.
Durante los años que ambos permanecieron en Jacinto Aráuz
crearon un centro asistencial y elevaron el nivel social y educacional
de la región. Sentían casi como una obligación
el desafío de paliar la miseria que los rodeaba.
Con la ayuda de los maestros, los representantes de las iglesias,
los empleados de comercio y las comadronas, de a poco fueron logrando
un cambio de actitud en la comunidad que permitió ir corrigiendo
sus conductas. Así, lograron que casi desapareciera la mortalidad
infantil de la zona, redujeron las infecciones en los partos y la
desnutrición, organizaron un banco de sangre viviente con
donantes que estaban disponibles cada vez que los necesitaban y
realizaron charlas comunitarias en las que brindaban pautas para
el cuidado de la salud.
El centro asistencial creció y cobró notoriedad en
la zona. En alguna oportunidad Favaloro reflexionó sobre
las razones de ese éxito. Sabía que habían
procedido con honestidad y con la convicción de que el acto
médico "debe estar rodeado de dignidad, igualdad, piedad
cristiana, sacrificio, abnegación y renunciamiento"
de acuerdo con la formación profesional y humanística
que habían recibido en la Universidad Nacional de La Plata.
Favaloro leía con interés las últimas publicaciones
médicas y cada tanto volvía a La Plata para actualizar
sus conocimientos. Quedaba impactado con las primeras intervenciones
cardiovasculares: era la maravilla de una nueva era. Poco a poco
fue renaciendo en él el entusiasmo por la cirugía
torácica, a la vez que iba dándole forma a la idea
de terminar con su práctica de médico rural y viajar
a los Estados Unidos para hacer una especialización. Quería
participar de la revolución y no ser un mero observador.
En uno de sus viajes a La Plata le manifestó ese deseo al
Profesor Mainetti, quien le aconsejó que el lugar indicado
era la Cleveland Clinic.
Lo asaltaban miles de interrogantes, entre ellos el de abandonar
doce años de medicina rural que tantas satisfacciones le
habían dado. Pero pensó que al regresar de Estados
Unidos su contribución a la comunidad podría ser aun
mayor. Con pocos recursos y un inglés incipiente, se decidió
a viajar a Cleveland. Otra vez, el breve tiempo que pensaba permanecer
allí terminó siendo una década.
Trabajó primero como residente y luego como miembro del equipo
de cirugía, en colaboración con los doctores Donald
B. Effler, jefe de cirugía cardiovascular, F. Mason Sones,
Jr., a cargo del Laboratorio de Cineangiografía y William
L. Proudfit, jefe del Departamento de Cardiología.
Al principio la mayor parte de su trabajo se relacionaba con la
enfermedad valvular y congénita. Pero su búsqueda
del saber lo llevó por otros caminos. Todos los días,
apenas terminaba su labor en la sala de cirugía, Favaloro
pasaba horas y horas revisando cinecoronarioangiografías
y estudiando la anatomía de las arterias coronarias y su
relación con el músculo cardíaco. El laboratorio
de Sones, padre de la arteriografía coronaria, tenía
la colección más importante de cineangiografías
de los Estados Unidos.
A comienzos de 1967, Favaloro comenzó a pensar en la posibilidad
de utilizar la vena safena en la cirugía coronaria. Llevó
a la práctica sus ideas por primera vez en mayo de ese año.
La estandarización de esta técnica, llamada del "bypass"
o cirugía de revascularización miocárdica,
fue el trabajo fundamental de su carrera, lo cual hizo que su prestigio
trascendiera los límites de ese país, ya que el procedimiento
cambió radicalmente la historia de la enfermedad coronaria.
Está detallado en profundidad en su libro Surgical Treatment
on Coronary Arteriosclerosis, publicado en 1970 y editado en español
con el nombre Tratamiento Quirúrgico de la Arteriosclerosis
Coronaria. Hoy en día se realizan entre 600.000 y 700.000
cirugías de ese tipo por año solamente en los Estados
Unidos.
Su aporte no fue casual sino el resultado de conocimientos profundos
de su especialidad, de horas y horas de investigación y de
intensa labor. Favaloro decía que su contribución
no era personal sino el resultado de un equipo de trabajo que tenía
como primer objetivo el bienestar del paciente.
El profundo amor por su patria hizo que Favaloro decidiera regresar
a la Argentina en 1971, con el sueño de desarrollar un centro
de excelencia similar al de la Cleveland Clinic, que combinara la
atención médica, la investigación y la educación,
tal como lo dijo en su carta de renuncia a Effler:
"Una vez más el destino ha puesto sobre mis hombros
una tarea difícil. Voy a dedicar el último tercio
de mi vida a levantar un Departamento de Cirugía Torácica
y Cardiovascular en Buenos Aires. En este momento en particular,
las circunstancias indican que soy el único con la posibilidad
de hacerlo. Ese Departamento estará dedicado, además
de a la asistencia médica, a la educación de posgrado
con residentes y fellows, a cursos de posgrado en Buenos Aires y
en las ciudades más importantes del país, y a la investigación
clínica. Como usted puede ver, seguiremos los principios
de la Cleveland Clinic."
(De La Pampa a los Estados Unidos)
Con ese objetivo creó la Fundación Favaloro en 1975
junto con otros colaboradores y afianzó la labor que venía
desarrollando desde su regreso al país. Uno de sus mayores
orgullos fue el de haber formado más de cuatrocientos cincuenta
residentes provenientes de todos los puntos de la Argentina y de
América latina (Alumni). Contribuyó a elevar el nivel
de la especialidad en beneficio de los pacientes mediante innumerables
cursos, seminarios y congresos organizados por la Fundación,
entre los que se destaca Cardiología para el Consultante,
que tiene lugar cada dos años.
En 1980 Favaloro creó el Laboratorio de Investigación
Básica -al que financió con dinero propio durante
un largo período- que, en ese entonces, dependía del
Departamento de Investigación y Docencia de la Fundación
Favaloro. Con posterioridad, pasó a ser el Instituto de Investigación
en Ciencias Básicas del Instituto Universitario de Ciencias
Biomédicas, que, a su vez, dio lugar, en agosto de 1998,
a la creación de la Universidad Favaloro. En la actualidad
la universidad consta de una Facultad de Ciencias Médicas,
donde se cursan dos carreras de grado -medicina (iniciada en 1993)
y kinesiología y fisiatría (iniciada en 2000)- y una
Facultad de Ingeniería, Ciencias Exactas y Naturales, donde
se cursan tres carreras de ingeniería (iniciadas en 1999).
Por su parte, la Secretaría de Posgrado desarrolló
cursos, maestrías y carreras de especialización.
En la actualidad, la investigación abarca más de treinta
campos en los que trabajan profesionales de distintas disciplinas
-medicina, biología, veterinaria, matemática, ingeniería,
etc.- en colaboración con los centros científicos
más importantes de Europa y Estados Unidos. Se publicaron
más de ciento cincuenta trabajos en revistas especializadas
con arbitraje internacional.
En 1992 se inauguró en Buenos Aires el Instituto de Cardiología
y Cirugía Cardiovascular de la Fundación Favaloro,
entidad sin fines de lucro. Con el lema "tecnología
de avanzada al servicio del humanismo médico" se brindan
servicios altamente especializados en cardiología, cirugía
cardiovascular y trasplante cardíaco, pulmonar, cardiopulmonar,
hepático, renal y de médula ósea, además
de otras áreas. Favaloro concentró allí su
tarea, rodeado de un grupo selecto de profesionales.
Como en los tiempos de Jacinto Aráuz, siguió haciendo
hincapié en la prevención de enfermedades y enseñando
a sus pacientes reglas básicas de higiene que contribuyeran
a disminuir las enfermedades y la tasa de mortalidad. Con ese objetivo
se desarrollaron en la Fundación Favaloro estudios para la
detección de enfermedades, diversidad de programas de prevención,
como el curso para dejar de fumar, y se hicieron varias publicaciones
para el público en general a través del Centro Editor
de la Fundación Favaloro, que funcionó hasta 2000.
Pero Favaloro no se conformó con ayudar a resolver los problemas
de esa necesidad básica que es la salud en cada persona en
particular sino que también quiso contribuir a curar los
males que aquejan a nuestra sociedad en conjunto. Jamás perdió
oportunidad de denunciar problemas tales como la desocupación,
la desigualdad, la pobreza, el armamentismo, la contaminación,
la droga, la violencia, etc., convencido de que sólo cuando
se conoce y se toma conciencia de un problema es posible subsanarlo
o, aun mejor, prevenirlo.
Favaloro fue miembro activo de 26 sociedades, correspondiente de
4, y honorario de 43. Recibió innumerables distinciones internacionales
entre las que se destacan: el Premio John Scott 1979, otorgado por
la ciudad de Filadelfia, EE.UU; la creación de la Cátedra
de Cirugía Cardiovascular "Dr René G. Favaloro"
(Universidad de Tel Aviv, Israel, 1980); la distinción de
la Fundación Conchita Rábago de Giménez Díaz
(Madrid, España, 1982); el premio Maestro de la Medicina
Argentina (1986); el premio Distinguished Alumnus Award de la Cleveland
Clinic Foundation (1987); The Gairdner Foundation International
Award, otorgado por la Gairdner Foundation (Toronto, Canadá,
1987); el Premio René Leriche 1989, otorgado por la Sociedad
Internacional de Cirugía; el Gifted Teacher Award, otorgado
por el Colegio Americano de Cardiología (1992); el Golden
Plate Award de la American Academy of Achievement (1993); el Premio
Príncipe Mahidol, otorgado por Su Majestad el Rey de Tailandia
(Bangkok, Tailandia, 1999).
Desde siempre sostuvo que todo universitario debe comprometerse
con la sociedad de su tiempo y recalcaba: "quisiera ser recordado
como docente más que como cirujano". Por esa razón,
dedicó gran parte de su tiempo a la enseñanza, tanto
a nivel profesional como popular. Un ejemplo fue su participación
en programas educativos para la población, entre los que
se destacaba la serie televisiva "Los grandes temas médicos",
y las numerosas conferencias que presentó en la Argentina
y en el exterior, sobre temas tan diversos como medicina, educación
y la sociedad de nuestros días.
Publicó Recuerdos de un médico rural (1980); De La
Pampa a los Estados Unidos (1993) y Don Pedro y la Educación
(1994) y más de trescientos trabajos de su especialidad.
Su pasión por la historia lo llevó a escribir dos
libros de investigación y divulgación sobre el general
San Martín: ¿Conoce usted a San Martín? (1987)
y La Memoria de Guayaquil (1991).
Murió en Buenos Aires el 29 de julio de 2000.
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