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se señale como único culpable al nombre del cóctel
Alexandra, bien se encargó la vodka de que no fuera ningún
cuento peliculero el que una inocente y abstemia Lee Remick cayese en
el embriagador abrazo de Jack Lemmon en "Días de Vinos y Rosas".
Ocurre que, en ocasión de su primera salida con el experimentado
alcohólico personaje de Lemmon, la deseada actriz le confiesa su
absoluta ignorancia acerca de cualquier tipo de bebida alcohólica.
Y, ¡ahí está!, vemos a nuestro conquistador eligiendo
para invitarla un cóctel Alexandra que ella afirma encontrar delicioso.
Pues, desde su nada corta trayectoria histórica, esta receta clásica
siempre se compuso de nata líquida, brandy y crema de cacao a partes
iguales, agitados con mucho hielo en la coctelera. Y, en su vida real,
muchos, a conciencia, sustituyen el brandy por la queridísima vodka
ya que ésta deja todo el protagonismo a la crema de cacao y a la
nata, resultando así el Alexandra esencialmente dulce y sabroso;
es decir, una golosina para un bebedor no habitual que, de este modo,
nada menos lejos de sus deseos que hacerse un habitual del Woda Alexandra...
Así es la vodka. La conservadora de uno de los calificativos que
hasta unos cincuenta años sólo era propiedad de una temible
estirpe de hembras: las mujeres a quienes se señalaban por su ultrafemenidad.
Aguas mansas como la vodka, la gran insidiosa de todas las bebidas existentes
del planeta.
Estas armas de mujer que emplea la vodka han sido perfectamente delatadas
por un auténtico convicto de la tiranía del alcohol. El
ex detective Laurence Block quien, con alto conocimiento de causa, en
“Ocho Millones de Maneras de Morir”, una de su magníficas
novelas negras, por boca de su pendenciero personaje Danny Boy, cuando
iza su vaso de vodka ruso para mirar el líquido a través
de la luz dice: "Pureza, claridad, precisión. El mejor vodka,
Mathew, es una cuchilla de afeitar. Un escalpelo bien afeitado en las
manos de un experto cirujano. No deja huellas visibles".
Para despistar del todo, es al estilo del espía James Bond como
se toman su Dry Martini muchos de los águilas de las finanzas mundiales
que pululan por Wall Street en Nueva York. De ahí que una de las
exuberantes cortesanas de las Bolsas ajenas, pavoneándose a diario
como "presa" en el bar de la planta baja de algún rascacielos
de la famosa calle, siempre me discutió que el Dry Martini se ofrece
así: en un vaso ancho de whisky con cubitos de hielo y que se hace
¡a base de vodka!!! Totalmente inexperta en lo que se refiere a
estas artes, ella ignoraba que, después de ese tipo de escapadas,
a eso de las once de la mañana, por muy hacedores de dólares
que fueran, como un aguilucho cualquiera, cada uno de éstos tenía
que volver al nido, arriba, al trabajo sin aliento y sin rasgo de alcohol
en éste. De esa virtud, entre todos los espirituosos, la vodka
es la única tesorera...
De
la virtud al vicio no hay ningún trecho para la vodka. Y para eso,
la vodka, cuando es seleccionada entre las más cualificadas, se
basta ella solita sin la necesidad de camuflarse bajo un cóctel.
Esto es, superenfriada y servida en vasitos previamente congelados, esa
diablesa de vodka le manda a una cometer uno de los pecados capitales
que más le atraen al sibarita: la pereza. Pues sus mejores acompañantes
comestibles, y encima son productos de delicatessen, no precisan de cocina
ninguna: desde un abrir de sobre de un salmón ahumado a las conchas
de unas ostras frescas; desde con un gesto de bárbaro primitivo,
empuñar con la mano un buen ramillete de arenques en salazón
a degustar con la delicadeza de una cucharilla de nácar el más
exquisito caviar. Y aquí, por mucho que le sobrevenga caer en la
tentación de abusar de la vodka, siga respetándola como
mujer. La gula dedíquesela a estos ricos manjares.
Por último, para la eternidad y especialmente en este caso, acuérdese
siempre de ese sabio dicho popular: no digas jamás que de este
woda nunca beberé.
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