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destilar lo que fuera, en Europa no había nadie más despabilado
que los
holandeses. Nos encontramos de lleno en el siglo XVI. Un día, a
estos expertos navegantes, incansables depredadores de mares propios y
ajenos, el lobo mostró sus orejas. Ya les era muy poco rentable
eso de fermentar cantidades ingentes de grano; personalizar aquello con
una nada despreciable dosis de aromático enebro; destilar la particular
masa para producir su espirituoso, el Genever, una ginebra que publicitaban
incluso como remedio para multiplicación de sus ventas. Por varias
razones de Estado, se había encarecido exageradamente el precio
de todos los cereales. Pues, si esto ya no sirve como negocio, ¿por
qué no destilar otra materia que encima está ya fermentada?
Allí , precisamente en ese puerto C 64 de La Rochelle, donde tenemos
a los franceses, nuestros grandes proveedores de sal, y cuyos habitantes
de La Charente se avergüenzan de lo mediocres que son sus vinos sin
ocurrírseles qué hacer con éstos... Les deshacemos
de su "fantástico" vino y así se lo compramos,
¡obviamente!, baratito. Además, lo destilamos in situ para
que ocupe junto a la sal el menor espacio posible en el barco y, como
consecuencia, bajo este reducido formato de "esencia vínica"
ya no se corre el riesgo de marearlo en el removido viaje por las aguas
del mar. Las maquinaciones holandesas para hacer negocio con el devaluado
vino de los pobres charenteses no terminan aquí. A alargar con
agua una vez de vuelta a casa lo que en Francia han transformado en "compact
spirit". Y así, triplicado su volumen a la hora de vender,
son ahora los compradores autóctonos los que se las ingenian para
agregarle otro tanto de cualquier vino con el fin de fortalecer el producto.
Al tiempo, a otros avispados negociantes, que no dejan de recordar su
exitosa línea de perfumadas ginebras, se les ocurre condimentar
con hierbas aromáticas e incluso con frutas el insípido
brandy francés. ¡Caramba!, el fulgurante triunfo comercial
de estos mejunjes sólo se puede comparar con el que, aunque por
un corto tiempo, obtuvieron los contemporáneos Wine Coolers...Los
gaznates de la Europa de entonces hicieron que este "vino quemado",
es decir "brandewinj", ¡la palabra holandesa! que dio
origen a la hoy internacional voz inglesa brandy, o sea destilado del
vino, fuera la bebida más "in" del siglo XVI. Animados
por los pedidos que ya les llegan de todas partes, los viticultores de
La
Charente, ya sin preocuparles la calidad de sus mostos fermentados, amplían
la extensión de sus viñedos. Pero tanto el comercio de la
sal como éste del "vino" pertenece a los holandeses casi
íntegramente: en el puerto de La Rochelle se anclaron unos delegados
para estar al loro de cualquier fuga; y, para que la boca del embudo se
haga aún más pequeña, es en el mismísimo pleno
centro y capital de la región, la ciudad de Cognac, donde se agencian
un buen par de confidentes. Pues ¡vaya alegría! Así
que los únicos vinos que consiguen escaparse de los controles se
deslizan más infelices que nunca por otros mares: por las aguas
marítimas va tambaleando su deleznable sabor y, como batidos por
oxidadas al destinatario un brebaje extraño cuyo punto principal
de identidad es el alcohol que lleva... El cazador de almas Así,
durante más de cuarenta años, sin poder salir a flote se
quedaron los charentes, acabando por hundirles ya totalmente en la miseria
las guerras religiosas. ¡Pero! a eso del año 1598, cuando
estas santas guerras dejan que ¡en paz! labore el simple mortal,
como un mesías portador de un mensaje premonitorio, un tal caballero
de la Croix Marron asegura haber capturado el alma del vino. Argumenta
su visión de iluminado hablando de una "deuxi Ëme chauffe"
por el alambique: una compleja operación que transfigura literalmente
el esaborío vino charentés, ácido, turbio y debilucho,
en un ardiente líquido de unos 70ºC, límpido como el
cristal y del cual se desprende, como si de obra milagrosa se tratara,
un aroma realmente vínico que antes de esta segunda y cuidadosa
pasada por el alambique apenas se percibía en el vino de origen...
De este modo, nació el primer Cognac. Y aunque la suspicacia humana
ha querido arrinconar a este Caballero del Alma al sempiterno apar-tado
de leyendas, este idéntico método de hacer del vino un espíritu
es hoy imitado por todos los puristas en el arte de la destilación.
Al fin, en este duramente ganado cielo charentés es la ciencia
quien ya mete su cuchara. Muy a posteriori, cuando a todos los oídos
llegaban las noticias del éxito del incombustible Cognac, en 1860,
un agrónomo se desplaza a la región para demostrar sus teorías
sobre la relación entre la calidad del suelo y la de los brandies
de Charente.
Los mejores los entregaban los viñedos que se asentaban sobre susbsuelos
tan yesosos como los que originan los vinos de la zona entera de Champagne.
Y es ahí donde se asistió a otro extraordinario descubrimiento.
Como si de un perfecto puzzle realizado por la mano del hombre se tratara,
las distintas calidades de los subsuelos de la Charente delinean nítidamen-te
seis subzonas totalmente diferenciadas. Por eso a los Cognac cuya etiqueta
se sella con la inscripción Grande Champagne o sino Petite Champagne
bien se merecen que al cuello de sus botellas se les ornamente con una
corona de tulipanes holandeses...
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