Ocurrió
hace miles de años, cuando el hombre aprendió a cuidar de
los animales que tenían en su entorno y, cuando supo la importancia
de las posibilidades que éstos tenían, se hizo pastor.
Convivió con
ellos y tomó a los animales como parte de su familia, de su economía
y le dio el significado del poder que el hombre representaba en la sociedad
y, a cambio, éstos le dieron la piel, la carne, la fuerza y la
leche para vestir el cuerpo y saciar el hambre del hombre.
Un
día cualquiera de entonces en los albores del mundo (la fecha se
nos hace imprecisa porque han pasado muchos inviernos y han nacido muchas
primaveras por esta tierra), el hombre tuvo entre sus manos el milagro
que ha sabido mantener y cuidar durante siglos.
La tarde de ese día, de ese entonces, el hombre pastor después
de ordeñar a sus ovejas, estuvo cansado y hambriento. Se recostó
junto a la sombra de un árbol y sació su hambre con lo que
le habían dado sus animales: un cuenco de leche blanca y sabrosa
que le hizo dormir un sueño reconfortante y vitalizador. A la mañana
siguiente se despertó feliz, pero con tal sensación de escasez
en el estómago, que le hizo acordarse del cuenco de leche de la
tarde última. Tomó el cuenco donde había dejado un
poca de leche, y se lo aproximó, casi con devoción, pues
la leche de sus ovejas era de la mejor de aquellos entornos.
Sin embargo, en lugar
de leche encontró el prodigio, el milagro: sobre la leche habían
caído unas pocas de flores y se había coagulado. Aquello
le contrarió, pero ¿qué había pasado? ¿acaso
los dioses no estaban contentos con él y le habían estropeado
la leche? ¿acaso el vecino le tenia ojeriza y le había echado
el mal de ojo para que su leche se pudriera?
Pero el hambre era
más fuerte que todas aquellas elucubraciones y probó aquella
leche convertida en requesón. Jamás había probado
cosa tan exquisita, ya no se acordó ni de los dioses ni del vecino.
Ahora, después de haber saciado su hambre, lo que le preocupaba
era cómo podía volver ha hacer ese manjar, y así
fue como escudriñó el cuenco y se preguntó por las
flores que habían caído en él.
Y así fue cómo
descubrió el misterio del queso.
También me
han contado, que ese mismo hombre pastor, en sus largos días de
observación, vio cómo, en los estómagmos de aquellos
corderos que morían por causas que aún no comprendía,
había leche coagulada. Y la probó. Tenía el mismo
aspecto que la que había encontrado en el cuenco, y le hizo pensar.
Y así fue cómo descubrió también el misterio
del queso.
Pasaron soles y lunas
y el prodigio se fue transmitiendo de generación en generación,
de padres a hijos.
Las primeras noticias
que se tienen sobre la utilización por parte del hombre de la leche
coagulada aparecen en el tercer libro bramánico de Manu, donde
se ordena alabar a los dioses vertiendo mantequilla líquida sobre
la pira de sacrificios.
En las culturas de
la cuenca del Tigris y Eúfrates, Ctesia, médico de la ciudad
de Nínive, cuenta que la reina Semínaris se alimentaba de
queso que los pájaros robaban a los pastores. Pero, según
Herodoto, los primeros queseros fueron los escitas, los cuales agitando
la leche en odres de piel, fabricaban queso de leche de oveja y cabra.
Pero
la imagen más antigua que existe de la fabricación de queso
la encontramos hace unos tres mil años adC, en el friso de la lechería
de Urs de la cultura sumeria, donde se puede ver el ordeño y la
fabricación de queso por los sacerdotes del templo.
En la cultura del
medio oriente los primeros judíos de la ciudad de Jericó,
la ciudad más antigua del esta parte del mundo, los fabricaban
tomando parte de la panza de borregos y la mezclaban con la leche. Durante
siglos el queso se convirtió en un alimento valioso. Así,
podemos leer en Samuel II que, cuando David llegó a la ciudad de
Majanayín perseguido por Absalón, Sobi, hijo de Najás,
le ofrece "copas y vasos de barro, trigo, cebada, harina, grano tostado,
habas, lentejas, miel, manteca y queso, carneros y bueyes" para que
su gente comiera ya que había "sufrido hambre, fatiga y sed
en el desierto".
Al igual que los judíos
pretestamentarios conocían el arte del queso, otras culturas también
lo practicaban, como la cultura minoica, los cretenses hacían queso
de sus ovejas a los que le llamaba tu-ro.
Más tarde,
los hombres de la civilización micénica eran excelentes
productores de quesos de oveja y cabra, conocimientos que le transmitieron
a la civilización griega. los griegos lo solían consumir
en el aristón con mazas de pan candeal.
Ya en la época
homérica eran avezados fabricantes de quesos y en la Odisea se
nos describe cómo podía ser la fabricación del queso
en una cueva o gruta. El episodio nos describe el desembarco de Odiseo
en la isla de los cíclopes, y encuentra en la gruta de Polifemo
algo que admira, él que era un ganadero rico de Grecia: Había
en la gruta "zarzos cargados de quesos", además, ve que
toda la gruta estaba dedicada a la fabricación de quesos, así
observa cómo "goteaba el suero de todas las vasijas, tarros
y barreños de que se servía para ordeñar", en
ese instante entra Polifemo con sus ovejas y las ordeña haciendo
"cuajar la mitad de la blanca leche y la amontonó en canastillos
de mimbre". Podemos hacernos la idea que para el griego la transformación
de la leche en queso era algo de gran valor, era la forma más acertada
de conservar la leche durante largo tiempo.
Los griegos cuajaban
la leche con la leche que se desprendía de los higos recién
cogidos o con flores de cardos. Así Aristóteles, en su obra
Historia de los animales, en el libro III, escribe: "El látex
de higuera y el cuajo cuajan la leche. Pues bien el látex de higuera
es exprimido y recogido en le lana". Del cuajo, este mismo autor
dice: "se forma en el estómago de las crías que todavía
maman". Los griegos utilizaban tanto la leche de cabra como la de
oveja para la fabricación de los quesos, y hasta la de burra y
yegua que según Aristóteles eran la que se utilizaba para
los quesos de Frigia.
El
queso en la antigüedad no sólo era un alimento básico,
sino que se convertía en una alimento muy estimado, por ejemplo
el rey Darío llegó a tener en su corte los llamados "sirvientes
de boca" que eran lo encargados de suministrar la leche a Palacio
y fabricar el queso del rey.
También se
convirtió en un alimento característico de los generales
que iban a la guerra, un ejemplo lo tenemos en el general Aristófanes.
El queso estaba muy integrado en la cultura griega, no sólo se
podía encontrar en las casa de los campesinos sino que en el mismo
Ágora de Atenas se vendían quesos, como los famosos quesos
de Lesbos, los sicilianos o los quesos con cebolla, muy estimados por
los gourmets griegos, que solían consumirlos con miel o con frutos
secos; o la famosa receta hypotrima que estaba hecha a partir de queso
blanco mezclado con frutos secos y vino cocido.
Roma heredó muchas de las cosas de la cultura griega y la fabricación
del queso fue una de ellas, llevándola a cotas que podemos comparar
con las actuales. Tenían métodos similares a los de los
griegos. Fue el hispano Columela quien hizo una descripción de
cómo se hacía el queso en la Roma Imperial: se toma leche
de primera calidad y se recoge en barreños con una temperatura
casi templada. La leche se coagula con ramillas de higueras o pistilos
de la flor de cardos silvestres. Se hacía ya de un modo similar
a como se comenzó a hacer con la fabricación de la Torta
del Casar, aunque la utilización de pistilos del cardo Cynara cardunculus
se utilizara por primera vez en la Lusitania. Una vez la leche coagulada
se pasa a encellas para después colocarse en tablas con peso de
piedras encima para dar presión.
Junto con los quesos
blancos de leche de oveja y cabra, los quesos frescos eran los que más
se consumían, así Apuleyo en su obra “El asno de oro”
cuenta que: “ como me había enterado de que en Hípata
(Tesalia) vendían quesos frescos de exquisito sabor, a un precio
interesante, me puse en camino inmediatamente con la intención
de adquirir la partida entera". También existían quesos
aromatizados y ahumados con leña de árboles frutales, de
un modo similar a como hoy se hace con una variedad del queso de Idazabal.
Otros quesos actuales que usan esta técnica ancestral son el queso
de Áliva, que se ahuma con ramas verdes de enebro y el gallego
de San Simón que se aromatiza con madera de abedul.
El queso era un alimento
frecuente en las mesas de la sociedad romana. Uno de los quesos más
famosos era el queso aromatizado de Velabro, que se vendía en el
barrio del aceite de Roma; de él dice Marcial:
“No tiene sabor
el queso que absorbe cualquier
fuego o cualquier tipo de humo,
sino el que absorbe el del Velabro”
También
existían otros quesos que los gourmets romanos buscaban por su
exquisitos aromas y sabores, según Plinio los quesos de Luna eran
de los mejores y los más grandes, pues llegaban a pesar mil libras,
así, dice de él Marcial que “se podía dar de
comer con un queso a mil esclavos”. Otros quesos famosos eran los
de Vestinos, los de Trébula y los de las regiones de Liguria y
Sarsina. De los quesos de Hispania Strabon escribe en su Geográfica
que los más estimados por los hombres de la Urbs eran los extragrasos
de Gades.
El Romano, como buen
comensal, consumía el queso de varias formas: desde acompañado
tan sólo con un poco de pan de centeno o candeal y unas pocas aceitunas,
que solía ser su desayuno, hasta constituyendo una receta llamada
morentum, que era tan exquisita que solían ofrecérsele a
la diosa Cibeles. El morentum estaba hecho, según Virgilio, con
queso rallado y mezclado con ajo, perejil, ruda y cilantro muy picados,
que se ligaba con aceite y unas gotas de garum o vinagre. También
el queso se utilizaba como un condimento de múltiples comidas,
o de una forma que nos ha llegado hasta nosotros a través de la
cocina árabe: se mezclaba con miel y frutos secos, a esa forma
se le llamaba oxiporum moretum. El famoso cocinero Claudio Aspicio escribió
un libro de cocina con multitud de recetas entre las que encontramos varias
a partir de queso, así había una, la llamada hipotrymma
que en España se ha mantenido a lo largo de los siglos, de tal
modo que en Cataluña ya aparece en el libro de cocina Sent Sovi
como almadroc , el almadrote o capirotada de Rupeto de Nola o de Diego
Granados.
En la alta edad media,
con la entrada de los godos en España, la alimentación de
los hombres de la Hispania romana se resiente bastante, aunque sigue con
las costumbres romanas, de tal modo que la fabricación y el consumo
de queso sigue siendo similar a épocas anteriores aunque en menor
cuantía, quedando relegado fundamentalmente a las zonas campesinas.
Así, en todos los testimonios escritos que hay de esta época,
hacen referencias a la fabricación de queso por parte de los vaqueros
y pastores de las montañas. No obstante, en los núcleos
monacales y en general eclesiásticos, es donde se sigue con la
fabricación de queso, que era fundamental en la dieta de estas
comunidades ya que resulta imprescindible para los regímenes de
abstinencia.
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