| HISTORIAS E INVENTOS |
| La
Historia de los disc-jockeys |
| La
transformación de la figura del disc-jockey de mero pinchadiscos
a auténtico productor musical se gestó en la capital mundial
de la música disco: Nueva York. |
| Historias |
Los
disc-jockeys se han dedicado a pinchar discos durante décadas. Pero
en los treinta años de existencia de la música dance electrónica
se han convertido en símbolos culturales influyentes. Además
de servir como guardianes de las industrias musicales locales, algunos DJ
son embajadores musicales muy bien pagados que viajan alrededor del mundo
para difundir las últimas tendencias musicales.
¿Ello se debe a que han aprendido a “hechizar” una pista
de baile, a “trabajar” un disco de manera que suene a la vez
familiar y completamente nuevo y a “enloquecer” a la multitud
durante una fiesta? ¿O simplemente a que por fin reciben apetitosas
pagas y disfrutan de la celebridad que acompaña al dinero y a la
aparición en los medios de comunicación?
Probablemente la respuesta sea todo lo anterior o un poco de cada cosa.
Las raíces de la cultura DJ deben buscarse en centros urbanos conocidos
desde hace tiempo como focos de creatividad musical como Nueva York, punto
de partida ineludible de cualquier historia, incluso breve, de la era disc-jockera.
Allí, a finales de los sesenta y principios de los setenta, el cruce
entre la cultura afroamericana y la sensibilidad gay asumida colectivamente
formó el núcleo de la cultura dance contemporánea.
La cultura de la música dance, ya se asocie con el disco, el club
o el house, tiene sus raíces en Nueva York. La Gran Manzana se convirtió
en la capital mundial de la música disco a mediados de los setenta,
gracias a una vibrante cultura underground capitaneada por homosexuales
afroamericanos y latinos. Las discotecas legendarias de la ciudad, The Sanctuary,
The Loft, Better Days y Paradise Garage, entre otras, emergieron de la fusión
de los tres tipos de ambientes musicales de los sesenta, que programaban
música grabada con o sin disc-jockey. Los pioneros trabajaban en
discotecas “a la francesa”, entre las que figuraban, en Manhattan,
Le Club y, posteriormente, Arthur and Cheetah. Su diseño y clientela
eran fiel reflejo de la idea, nacida en la posguerra, de la discoteca como
un lugar elegante donde la jet-set podía tomar una copa.
Esta visión elitista cambió a principios de los setenta, cuando
las discotecas absorbieron los cambios que estaban transformando a la sociedad
estadounidense. Mención aparte merece el hecho de que los jóvenes
–en particular homosexuales, mujeres o miembros de minorías
étnicas– que habían estado (o se habían sentido)
marginados de la sociedad comenzaron a hacerse oír. Estos grupos
incluían a hippies anteriores a Woodstock, poetas combativos, músicos,
actores y otros artistas, así como a afroamericanos, latinos y caucasianos
de clase media. Aunque en algunos casos se mezclaban, en general frecuentaban
salas de baile diferentes según su orientación sexual.
Los heterosexuales tomaron al asalto clubes como Electric Circus o Zodiac,
con un repertorio de rock, rythm and blues y formas precursoras de lo que
hoy conocemos como “world music”. Por su parte, los hombres
y mujeres homosexuales preferían bares o clubes de barrio, legales
o clandestinos, situados en zonas étnicamente homogéneas como
Harlem, la parte hispana de ese barrio o el Upper West Side.
Los legendarios motines de Stonewall, en Greenwich Village, del 28 de junio
de 1969, terminaron con las frecuentes redadas policiales en estos bares
gays. Los homosexuales combatieron por primera vez colectivamente y con
éxito el acoso policial, hasta el punto de que después de
Stonewall muchos gays y lesbianas comenzaron a ver en el dance no sólo
un pasatiempo, sino también un poderoso medio para crear conciencia
de grupo.
Aunque la discoteca gay más antigua del estado de Nueva York estuvo
probablemente en Cherry Groove, en Fire Island, el primer local urbano que
convirtió a las discotecas en lugares notorios, a la vez prohibidos
y atractivos, fue The Sanctuary, situado en Manhattan, en la calle 43. Este
lugar se convirtió en los setenta en modelo de otras discotecas gays
y fue también cuna del primer disc-jockey transformado en estrella
del pop. La gente acudía allí a ver y escuchar a Francis (Grasso),
que había ideado un nuevo instrumento, consistente en dos platinas
y un mezclador, y un nuevo espacio: la cabina del disc-jockey, que, con
sus controles de luz y sonido, conseguía que el público bailara
con desenfreno y sin parar.
Hacia 1973, revistas como Billboard y Rolling Stone y radioemisoras de Nueva
York se hicieron eco del fenómeno “disco”. Los fans comenzaron
a comprar discos en una cantidad tal que las productoras tuvieron que prestar
atención a un género que hasta entonces habían ignorado.
Como sus antepasados de la radio de los cincuenta, los disc-jockeys conquistaron
un poder capaz de convertir un tema en un éxito o un fracaso. Su
creciente notoriedad hizo que pronto pudieran intervenir en la producción.
Por ejemplo, el DJ neoyorquino David Todd dio a conocer a Van McCoy, productor
de la firma R&B, un baile latino llamado the hustle (“el empujón”).
Con él, McCoy produjo un disco que fue número uno y Todd pasó
a desarrollar el departamento disco de una gran compañía:
Rca. |
| La
música borra fronteras |
Entre
1975 y 1985, las fronteras entre productores, ingenieros de sonido, compositores
y disc-jockeys fueron difuminándose. Lejos de limitarse a poner música
en las discotecas, los disc-jockeys comenzaron a aventurarse en los estudios
de grabación, llevando consigo los conceptos y técnicas para
mezclar música, crear sonidos y versiones nuevas de temas antiguos
que utilizaban en sus lugares tradicionales de trabajo. Para mezclar música
dieron a ciertas herramientas tecnológicas un uso que sus creadores
nunca habrían imaginado. Por ejemplo, un sintetizador/secuenciador
sencillo, el Roland tb-303, creado en 1983 para que los músicos de
rock pudieran imitar el sonido de un bajo, se convirtió en la materia
prima del acid house. Además, los disc-jockeys no se limitaron a
utilizar este instrumento de manera ortodoxa, sino que experimentaron con
él igual que con los discos. Uniendo a los secuenciadores las cajas
de ritmos, no sólo lograron aumentar y diversificar sus repertorios,
sino que produjeron nuevas versiones que pusieron a la venta. Así
fue como la música disco se convirtió en música house.
Los beneficios económicos de la música dance crecieron paralelamente
a este intercambio estético y tecnológico entre disc-jockeys
y estudios de grabación. Por otra parte, los disc-jockeys han sido
los paladines de la lucha contra la muerte del vinilo. Y las principales
instituciones de la industria de la música dance –sellos independientes,
compañías que distribuyen discos promocionales a los disc-jockeys
que se comprometen a difundirlos, clubes underground y tiendas especializadas–
suelen contar entre su personal con disc-jockeys que basan su actividad
en el creciente reconocimiento de su arte y pericia como músicos
e intérpretes. Ello transformó a los disc-jockeys de pinchadiscos
a mezcladores y productores. La música dance es hoy un fenómeno
planetario que viaja de la mano de un grupo de disc-jockeys que tejen su
propia versión personal de la Red: la “autopista” de
la música dance está hecha de caminos que comunican entre
sí las diferentes culturas locales.
Para los disc-jockeys neoyorquinos, los primeros caminos pasan por otras
ciudades estadounidenses con culturas dance locales establecidas o incipientes.
Desde Nueva York, Danny Tenaglia se trasladó a Miami. Allí
se formó como DJ antes de regresar a Manhattan, donde es hoy uno
de los más solicitados creadores de nuevas versiones de temas de
otros artistas. Frankie Knuckles, también de Nueva York, se mudó
a Chicago para convertirse en el DJ de The Warehouse, un club de negros
homosexuales. Por supuesto, uno y otro iban y venían continuamente
a Nueva York para traer y llevar nuevos sonidos. En la actualidad, ambos
han regresado a la Gran Manzana y viven de su trabajo como disc-jockeys
y mezcladores.
El segundo gran eje de la música club partió de Chicago vía
Nueva York y llegó a Londres. Hacia 1986 o 1987, después de
la primera época dorada del house en Chicago, se hizo evidente que
las mayores casas de discos y medios de comunicación ponían
reparos a la venta en gran escala de este tipo de música, asociada
con los homosexuales negros. Los artistas del house se volcaron hacia Europa,
sobre todo a Londres, pero también a ciudades como Amsterdam, Berlín,
Manchester, Milán, o Zurich, e incluso a Tel Aviv. El resto es la
historia de lo que se convirtió en la cultura rave, un fenómeno
juvenil europeo que goza de muy buena salud.
Un tercer eje llega hasta Japón, donde, desde fines de los ochenta,
los disc-jockeys neoyorquinos tuvieron la oportunidad de actuar como invitados
ante audiencias tan lejanas geográfica y culturalmente de la sensibilidad
homosexual afroamericana como la europea. No obstante, tanto en Tokio como
en otras grandes ciudades niponas se desarrollaron estilos locales de dance.
Con la llegada del nuevo milenio, los vientos de esta cultura comienzan
a soplar en nuevos destinos como São Paulo, Ciudad de México
y capitales africanas como Dar es Salaam. Una nueva generación está
enriqueciendo una tradición que no tiene ni manuales ni instrucciones
de uso. La transmiten oralmente disc-jockeys que a su vez aprendieron de
quienes los precedieron. Ojalá sigan adelante. |
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